Marchando

Qué semana tan maravillosa! El jueves pasado marchamos en Guayaquil,  el sábado marché en la Mariscal, y hoy marcho en la Shyris. Las dos marchas pasadas, se los aseguro, fueron absolutamente orgásmicas, para qué les voy a mentir, y espero que la de esta tarde sea igual de buena, aunque Carlos Vera no me termina de convencer. Pero, como siempre, vamos por partes.

La experiencia celeste y blanco fue excepcional. Gracias a la generosidad de Cordes, que me dejó faltar el jueves, y a que el Ildis no me ha llamado últimamente, enfilé hacia Guayaquil para expresar mi repudio contra la dictadura. Pude haber ido en la SportTrac, pero la ola delincuencial me hizo cambiar de idea, así que me fui no más en Reina del Camino. No me avergüenza decirlo: no tengo plata para pagar pasaje de avión porque estoy endeudado con la SportTrac, así que aproveché para estar en contacto con la pipol, lo cual algún día me servirá en mi carrera política, así como a Correa le sirvió pasarse un año con los indios en Zumbahua (o Sumbawua, como escribirían los indios si supieran escribir, no, mentira).

Tras las ocho horas de rigor, estuve por fin en la Magia del Pacífico Sur. El ambiente era festivo, como de carnaval, y me pasé la mañana admirando el gran cambio que ha logrado Nebot con la regeneración urbana. Antes Guayaquil era una pocilga, una cloaca, un burdel, un basurero, una alcantarilla, una Calcuta, un infierno, un purgatorio, una letrina, una aldea, un pueblo, una invasión, un relleno sanitario, y ahora uno hasta puede caminar más o menos tranquilo mirando el espectáculo del río Guayas en el hermoso Malecón que pagaron nuestros impuestos descentralizados. Qué horizonte tan grande, qué cielo tan enorme, que árboles tan frondosos, qué adolescentes tan desarrolladas… Estoy seguro de que el paisaje es una causa principal para que los guayaquileños sean tan libres y nosotros los quiteños tan esclavos.

Pero bueno. Como llegué pronto me gané un buen puesto en la marcha, y puedo decirles orgullosamente que desfilé con la flor y nata del Puerto Principal. ¡Con razón quieren independizarse! Sin duda pertenecen a otra raza, son todos altos, de aspecto europeo-mediterráneo, de andar erguido, de mirada serena… ¿Cómo es que llegaron los longos serranos (no todos, claro, pero sí la mayoría) a ser parte del mismo país de esa gente tan hermosa?

No voy a decir que el discurso de Nebot me encantó. A todo libertario las personalidades masculinas fuertes nos dan un poco de escalofrío (por rechazo al autoritarismo, al despotismo, al totalitarismo), pero el señor no hay duda de que tiene energía, y en estas circunstancias es sin duda la mejor opción para enfrentar al dictador.

Pero tampoco escuché mucho el discurso, porque un rato me distraje y miré hacia el horizonte y vi, en persona, a Gabriela Calderón (de Burgos) escuchando atenta las palabras de Nebot. Una oportunidad así no pasa todos los días, así que me moví entre la multitud para acercarme a Gabriela. Pisé a un par de señoras de la high, a las que les dije “con perdón, damas”, y me insultaron unos cuantos caballeros porteños, pero por fin logré mi cometido.

Estaba a un paso de ponerme a su lado y de presentarme ante ella con voz de caballero Jedi que lucha contra el imperio galáctico (“Gabriela, mucho gusto, que el mercado te acompañe”, si cachan, ¿no? Está basado en Star Wars, “que la fuerza te acompañe”), cuando de pronto sonó un gigantesco “¡Carajo!” que me dejó tieso.

El carajazo era de Nebot, que estaba en el punto más alto de su discurso. La gente se emocionó y empezó a saltar y gritar (como monos mismo, no, mentira), y entonces Nebot bajó de la tarima y todo se volvió una locura. Al final terminé aplaudiendo a unos esmeraldeños que bailaban algo con marimbas. ¿Y Gabriela Calderón? Desapareció como si solo hubiera sido un fantasma de mi imaginación.

Volví un poco triste por la oportunidad perdida, pero contento por haber sido parte de esta marcha, que estoy seguro cambiará la historia. Llegué el viernes de madrugada a Quito y fui a trabajar sin dormir a Cordes. ¿Creerán que nadie me preguntó cómo me fue, a mí, el único de ellos que estuvo en Guayaquil? Pero eso sí, primeritos han de opinar sobre lo que pasó…

El punto es que el sábado, después de mis clases de salsa, me fui a matar mis penas al Bungalow, y me encontré con la morenita comunista del Ildis. ¿Se acuerdan, esa medio intelectual que me gustó la vez que fui a arreglar las compus a los comunistas?  Bueno, la chica me vio, me sonrió, me dijo hola Juanfer  con un delicioso aliento a alcohol, se me acercó, comenzamos a bailar pegaditos, una cosa llevó a la otra y al final solo mi SportTrac pudo escuchar cómo Juan Bernardo Guarderas-Hayek, en pleno éxtasis, gritaba ¡viva Fidel! ¡Viva el Che Guevara!, pero por la mejor de las causas.

Como dicen por ahí, París bien vale una misa, y esta señorita socialista bien valió unas cuantas blasfemias, que Von Mises me perdone. Haber marchado con ella fue un gran consuelo, aunque mi corazón siempre pertenecerá solo a una mujer. No creo que Gabriela Calderón (de Burgos) se venga hoy a la marcha de Carlos Vera (me late que a la marcha van a ir los cuatro pelagatos de siempre), pero en todo caso ahí estaré por si acaso.

Ah cierto, mi blog sigue vivo: www.peluchiro.wordpress.com, aunque estos noveleros de ecuadorinsensato.com han cambiado el formato y ahora no se entiende nada. (¿Por qué no me habrán contratado a mí para mejorarles la página web?)

Bueno, con una gran sonrisa, me despido. Hasta la vista (hijue, casi pongo “hasta la victoria siempre”, por la emoción).

Laissez faire en el amor

Ser un liberal clásico no siempre es fácil. Aunque uno tiene la seguridad de contar con un sistema de pensamiento que permite explicarlo todo sin tener que pensar, también está obligado a mantener una coherencia indestructible entre su ideología y sus actos. Esto puede ser bastante fácil en el campo de la economía o de la política, pero es más difícil en el campo del amor, como comprobé durante mis experiencias nocturnas de esta semana.

Déjenme decirles que mi amor más memorable fue, aunque ustedes no lo crean, una muchacha cubana muy hermosa, llamada Arelis, que un día de octubre llegó a mi aula en el Ecuatoriano-Suizo, cuando yo estaba en sexto curso. Era hija de un refugiado cubano del infame régimen castrista.

Nos enamoramos enseguida, y nuestro amor floreció bajo las lluvias de octubre. Yo en esa época todavía no era libertario (el sistema educativo socialista no lo permitía), y también, como todo adolescente, era bastante celoso. Y la muchacha me daba bastante trabajo en ese aspecto.

Sin embargo, un día descubrí una frase muy interesante: “Si tienes un amor, déjalo partir; si vuelve a ti, es tuyo; si no, es que nunca lo fue”. Me pareció tan elegante, tan libre, tan superior, que decidí usarla como guía para mi relación.

Así que me reuní con Arelis y le dije: “Arelis, eres libre, yo adopto desde ahora una política de no intervención en nuestro amor”. Ella me sonrió con mucha dulzura, y me dijo: “Fue por la libertad que yo salí de Cuba”. Lloramos los dos.

Entonces comenzamos a vivir lo que ahora yo comprendo que fue un amor para la historia. Ella estaba conmigo los martes y los jueves, y andaba con otros dos tipos los lunes, miércoles y viernes. Los sábados se iba sola al No Bar y los domingos descansaba.

Al principio, lo acepto, me dieron celos (sobre todo cuando los compañeros me obligaron a ponerme un sombrero de vikingo), pero luego, durante mis primeros años en la universidad, conocí la bellísima ciencia económica y comprendí que mi actitud era un homenaje a las mejores mentes de la historia. Pensé: en realidad nada es más importante que la libertad. Ella es libre y yo también. Mi oferta satisface su demanda dos días a la semana, pero no tengo derecho a ejercer un monopolio sobre ella; es ineficiente. Lo justo es que ella sea capaz de segmentar los mercados de acuerdo a sus necesidades. Si intervengo, será lo peor para todos: yo perderé al no estar con ella; ella perderá al no estar conmigo. Mi ancestro Von Hayek estaría orgulloso de mí.

No todo fue color de rosas. Su agitado ritmo de vida la llevó a malas compañías, y mi querida Arelis se metió en alcohol y drogas. Fiel a mi filosofía, me abstuve de intervenir: el ser humano es libre de tomar malas decisiones, y seguramente ella tendría que tocar fondo antes de recuperarse. Supe que sus padres la echaron de la casa. Yo no pude ayudarla porque mi mamacita se hubiera muerto si le traía al depar a una cubana drogadicta y medio mulata, y comprobé los efectos perniciosos de los bonos de desarrollo humano cuando le entregué un poco de plata y ella se la gastó en sus vicios.  Luego la perdí de vista. No sé si volvió a Cuba o qué pasó con ella.

Pero bueno, volviendo a la realidad: el viernes pasado, saliendo de un arduo día de trabajo en Cordes, nos fuimos con algunos a tomar unos tragos (no los voy a nombrar para evitarme demandas, pero sí les puedo decir que la nueva barba al estilo del Dr. Hurtado es un imán para atraer mujeres).

Una cosa llevó a la otra y lo cierto es que terminamos en el Éxtasis, ese legendario antro de perdición que, gracias a la competencia perfecta, cada vez ofrece un mejor servicio al cliente (No me vengan con puritaneces: el mercado del sexo, mientras sea legal y mientras quienes operan en él lo hagan libremente, es como cualquier otro).

Ahí estuvimos. Yo andaba entretenido con una joven a la que tuve que pedirle la cédula para comprobar que era mayor de edad (la cédula, por lo menos, decía que sí), mientras los otros andaban embelesados con unas chicas cubanas que han venido a enriquecer nuestro capital humano gracias a la política de apertura de fronteras de nuestra Revolución. Pero de pronto, en un rincón, observé a una mujer que me dejó sin aliento. Era el mismo pelo negro crespo, la misma piel canela, el mismo cuello de cisne. ¡Increíble! ¿Aquí en el Éxtasis?

“¿Arelis?”, le pregunté. Se dio la vuelta, me miró un largo rato,  y negó con la cabeza: “No, me llamo Joanna, papito, pero si quieres me cambio de nombre”, dijo con una falsa sonrisa, pero yo estoy seguro de que sus ojos me reconocieron.

Ahora ya en la sobriedad no puedo asegurar que era ella, pero en ese momento estuve convencido de que sí. Se la veía bien, estaba alegre, y yo sé que las chicas del Éxtasis ganan mucho mejor que yo. Y además, incluso si yo hubiera intervenido en esos tiempos, nada me puede asegurar que las cosas hubieran salido mejor. Al contrario, la historia demuestra que cualquier interferencia es, a largo plazo, perniciosa.

En todo caso, no dormí muy bien el fin de semana. Espero estar de mejor humor para la próxima.

Hasta la vista,

JuanBer

Mis relaciones

Con grata sorpresa he visto que dos personas han dejado muy comedidos comentarios en mi humilde bitácora (y una un comentario que no merece mi atención). Creo que es una muestra de que las ideas liberales son más comunes de lo que parecen (y, modestia aparte, de que mi nada despreciable habilidad con el teclado no es despreciable). En todo caso, gracias muchachos por compartir su inteligencia con la mía, y espero verlos el 11 de febrero en la manifestación de Guayaquil contra el tirano.

Pero bueno, antes de ir a la política, vamos a la vida cotidiana. Esta semana, mientras esperaba la plata del seguro por el robo de mi Vitara, en lugar de llorar sobre la leche derramada, me dediqué a hacer limonada con los limones que me cayeron del cielo (nota a mí mismo: realmente escribo bien, tengo que  seguir mandando mis colaboraciones al Comercio).

En otras palabras, apuré el mal paso y me compré otro carro. Pensé en un nuevo Vitara, pero francamente hay que aprovechar la destrucción creativa, así que preferí otra cosa. No caí, obviamente, en el error de comprar otro carro ensamblado aquí (no voy a premiar a esos ineficientes protegidos por el gobierno), pero tampoco quería pagar esos aranceles inmorales que cobran por los autos importados.

En lugar de eso acudí a las relaciones de mis relaciones (es la importancia del networking), que en dos patadas me consiguieron una soñada Ford Sport Trac 2009, negra, con todos los papeles en regla, en 16  mil dólares. Ya me veo a mí en la camioneta, con mi Trek en el cajón, en el camino al Chaquiñán este fin de semana!

Se preguntarán ustedes cómo me consiguieron la camioneta soñada a ese precio? Fácil, si le quitamos los aranceles, el IVA y las utilidades de los importadores, queda más o menos en 22 mil. Los otros seis, no pregunté a mis relaciones cómo lo hicieron, pero me aseguraron que todo fue perfectamente legal, y un liberal siempre confía en la buena fe de las personas (así se reducen los costos de transacción). Así que ya ven, no hay mal que por bien no venga. Mientras mi mamita no se entere de que estoy poniendo su depar a nombre de los que me consiguieron la camioneta (solo hasta pagarles la deuda a los cubanos, que se veían bien buenas gentes), todo va a estar perfecto. Solo son cuotitas de 700 dólares mensuales, el 90 por ciento de mis ingresos, pero con el negocio que me estoy montando va a ser fácil conseguir esa cantidad.

Sí, ya sé que suena incoherente que un liberal vaya a pedir un préstamo a la CFN, pero sería tonto si no aprovechara una relación que tengo por ahí y que me va a ayudar a sacar un préstamo de capital semilla para iniciar mi negocio. Igual, es mi plata, la de mis impuestos (ese maldito IVA que me sacan cada vez que cobro por mis servicios), y si no la saco yo, que soy un emprendedor, la sacará cualquier ineficiente de por ahí, que seguramente no pagará el préstamo nunca jamás  de los jamases.

Pero bueno, ya está listo mi proyecto para sacar el préstamo: a la usanza de las grandes ciudades del mundo, me voy a poner una flota de carritos que vendan coffee and bagels. Imagínense, el apurado ejecutivo que entra a su oficina aquí al frente, en la República del Salvador, y que no ha tenido tiempo de desayunar. Se pega su cafecito aquí en la calle y entra a la ofi… No solo que es una genial idea, sino que le dará a la ciudad un aire cosmopolita que en realidad le hace bastante falta.

Sí, ya sé lo que piensan: no ven a Juan Bernardo Guarderas-Hayek haciendo de vendedor informal. Pues bien, eso no tendría nada de malo, pero de todos modos no pienso hacerlo. Voy a dar trabajo a gente que me ayude, y voy a hacer lo más importante: administrar y pensar en nuevas ideas.  Así también puedo seguir con mis chauchitas en Cordes, para asegurarme el sustento mientras arranca el negocio.

Y hablando de Cordes, tengo que contarles que me llamaron nada menos que del Ildis (por si no lo saben, el Ildis es el lugar donde trabaja Alberto Acosta). Parece que mi Dr. Hurtado le pasó el chisme sobre mis buenas ejecutorias al economista Acosta, y bueno, una cosa lleva a la otra…

Así que me fui a reingenierizar los sistemas en el Ildis, y de paso a ver cómo funciona la cosa. Qué ironía: el primer viaje en mi nueva Sport Trac fue justo a la oficina de esos comunistas. Pero ¿qué se puede hacer? Si me negara a trabajar para comunistas en Quito, estaría quebrado en dos días.

Pues bien: me llamó la atención que esos rojos han sabido tener mejores carros que el mío. Los alemanes de asistencia técnica andan en CRVs, y los demás se mueven en Four Runner. ¡Increíble! Yo pensé que al menos iban a tener carros híbridos o que iban a andar en bicicleta o en burro. Pero así, en SUV, yo también me pongo a ayudar a los pobres y me aguanto el olor de los indios (no, mentira).

Pero aparte de eso, no caché nada más. No han sabido hablar mucho estos revolucionarios.  ¿Será que, a la usanza soviética, no confían en nadie? Lo único bueno  es que había una comunista medio morenita, como me gustan a mí, a la que con gusto le hubiera entregado mi propiedad privada en ese mismo instante. Pero, raro en mí, no me atreví a hablarle, porque me dio miedo que descubrieran mi verdadera identidad.

Estuvo chévere. Me sentí como James Bond, al servicio de su majestad la mano invisible, recabando información para dañar a la causa enemiga. Después de unos meses, pienso dejarles un virus para dañarles todos los documentos que escriban.

Bueno, es tarde y tengo que despertarme temprano para ir al Ildis. Lo bueno es que mañana es miércoles y puedo leer el artículo de Gabriela Calderón. No sé qué es mejor: leer lo que escribe o ver su foto. Cómo quisiera entablar una relación con ella… Dulces sueños. Hasta la vista,

JuanBer

No pudo ser

Disculpen amigos por no haber actualizado mi bitácora a tiempo, pero me robaron el Vitara y he estado un poco ocupado con el asunto. Pero vayamos por partes.

Apenas llegué a la ofi después de mis vacaciones Mompichescas, me encontré con la sorpresa de que ahora en Cordes somos ecologistas y apoyamos la iniciativa Yasuní-ITT. Al menos eso es lo que escribió el Vicente en El Comercio la semana pasada.

Cuando entró a la ofi, tuve que decirle lo que pensaba: “Oye Vicente, qué te pasa, tu odio a Correa va a ser que te metas a miembro de Greenpeace y te afilies al Partido Acostista Ecuatoriano”. Se lo dije en son de broma, pero creo que el Vicente no tiene mucho sentido del humor, porque ni siquiera me alzó a ver.

El tipo no se portó muy bien conmigo (¿y con esa simpatía quiere meterse en política?), pero la culpa no es suya. En realidad, tengo que aceptar que nadie me para mucha bola solo porque soy ingeniero en sistemas, y me identifican simplemente como el tipo que arregla las compus.

Todo es por simple mala suerte: la terrible mala suerte de que mi querido padre, don Nicolás Guarderas, haya muerto antes de hora. El pobre tuvo la desgracia de padecer de un derrame cerebral cuando trabajaba para un conocido grupo empresarial que no puedo nombrar para no arruinar mis relaciones. Mi querido padre trabajaba 18 horas diarias, fines de semana incluidos, sin vacaciones, y después de 24 años de ese régimen, su cuerpo no pudo aguantar.

Por eso quedamos con algunas estrecheces económicas, y eso llevó a que mi mamita solo aceptara pagarme la universidad si yo estudiaba algo que tuviera ciertas perspectivas. En esa época todos pensaban que la ingeniería en sistemas era la carrera del futuro…Sí, claro, eso será en otros países, pero no aquí, donde no hay nada más prestigioso que ser sociólogo, economista alternativo (es decir, que no sabe matemáticas), especialista en género o alguna de esas idioteces para trabajar en la industria de las ONGs, el único negocio que prospera.

Quizás si mi papá no se moría, yo hubiera podido estudiar economía y ahora ocuparía el lugar del Vicente, y saldría en la tele, y tal vez hasta conocería en persona a Gabriela Calderón y quién sabe…Gabriela Calderón de Guarderas-Hayek?

Pero bueno, no pudo ser. Para demostrar que no soy solo el que arregla las compus, escribí un artículo y se lo envié a un editor en El Comercio al que conocí en un plantón. Esperé algunos días y ni la hora. Escribí al editor para ver qué había sido de mi artículo, y nada. Así que llamé al Comercio y, por un azar del destino, quien me contestó fue la mismísima señora dueña, doña Guadalupe. Le expliqué mi situación y adivinen qué: ¡la señora había leído mi artículo!, pero me informó que no podía publicarlo por dos razones: primero, porque era demasiado largo (tenía 13457 caracteres); y segundo, porque El Comercio no permitía que los editorialistas se pelearan entre ellos (cuestión de buenas costumbres, los trapos sucios se lavan en casa y esas cosas).

Bueno, fue una decepción, pero al menos la mismísima dueña del diario El Comecio se despidió de mí con un “chao Juan Bernardo” que me dejó anonadado. Estoy seguro de que pronto me van a abrir un espacio, así que voy a seguir mandándoles un artículo cada semana para que se acuerden de mí y se vayan acostumbrando a mi estilo.

Como me quedé con la adrenalina alta, decidí llamar a una amiguita que tengo por ahí y con la que nos gusta jugar a la mano invisible  hasta que llegamos al equilibrio múltiple. En esas estábamos, estacionados en el Vitara en una calle secundaria de Carapungo, cuando de pronto estalló la ventana del lado de ella y nos atacaron dos tipos (¡sí, carajo, eran negros! ¡Y sí, ahora creo en la pena de muerte!). Me dieron un golpe en la nuca, no me dejaron ni acomodarme bien los Calvin Klein, nos sacaron del jeep y se lo llevaron. Me quedé sin carro y con una chica en paños menores a mi lado. ¡Ni siquiera sé si es mayor de edad!

Como todo Guarderas-Hayek es un caballero, acompañé a la chica hasta su casa, con miedo de que el papá me fuera a matar. Pero no. Me recibió la mamá, me hizo sentar, me dio un trago medio raro para el susto, toda amable y al parecer orgullosa de su hija. Lo más chistoso es que, cuando le dije que era ingeniero en sistemas, casi se le salen los ojos de la admiración. Me prestó unos pantalones y unos zapatos del papá y hasta llamó a un taxi. Es inevitable: Guarderas-Hayek es un partidazo! Pero no podrá ser: la chullita es de Carapungo, ya saben…

Mi única preocupación era recuperar el Vitara. Y en esas he estado, poniendo denuncias, tramitando el seguro, recorriendo la ciudad para encontrarlo. Y nada que ver. Probablemente ahora ya esté deshuesado y vendido por partes. Mi único consuelo es imaginarme ahora que todo Vitara que pasa por mi lado quizás tenga una parte del mío.

Ahora tengo que caminar las cinco cuadras desde mi depar hasta Cordes y, para mis otras actividades, ecovía. En cierto modo eso es bueno para la causa, para que los que me vean se den cuenta de que el liberalismo no es una ideología de pelucones.

Y con esa nota positiva en medio de la desgracia, me despido por hoy. Hasta la vista,

JuanBer

Con Gabriela Calderón en Mompiche

Aproveché mi semana de vacaciones en la ofi para tomarme un descanso, y qué mejor sitio para alguien como yo que el nuevo hotel all inclusive de Mompiche. No se imaginan el nivel del lugar. No le pide favor a ningún resort que yo conozca (y me he bebido varios: Panamá, Santa Marta, Cartagena, Jamaica, Aruba, Punta Cana…).

De inmediato uno se maravilla una vez más por el progreso que trae la empresa privada, sobre todo si lo compara con todo lo estatal que uno está obligado a usar en el viaje. Desde Tame, con sus aviones nuevos gracias a una garantía estatal (y con una atención en los counters que parece que uno estuviera sacando la cédula), hasta el aeropuerto, viejo y feo a pesar de haber sido recientemente remodelado, pasando por el puente de Esmeraldas que ya va atrasado un año…

El punto es que mi maleta no llegó en el avión y perdí toda mi ropa. Ya saben, me gusta vestirme bien (¿qué tiene de malo eso?) y tenía divididos mis atuendos por marcas: lunes Lacoste, martes Polo, miércoles Tommy, jueves American Eagle y viernes Nautica.

Como el hotel era todo incluido, no llevé efectivo ni para las colas, así que con lo poco que pude sacar del banco (no porque me falte plata en las cuentas, sino porque los cajeros dan menos plata en Esmeraldas), me tuve que comprar esos shorts de flores ridículos que venden en Tonsupa y esas camisetas de algodón que seguramente no usan ni los chinos que las producen.

Por suerte, en la maleta de mano llevaba mis nuevas Ray Ban y mis Speedos , así que por lo menos pude meterme al mar con estilo (como atestiguaban las miradas asombradas de las damas en el resort).

Al llegar, fue un poco decepcionante ver la clase de gente que estaba en el hotel. Ingenuo yo, esperaba ver gente de cierto nivel, como en la ofi, pero las personas que fueron eran así no más (y no es que sea racista ni clasista – ningún liberal puede serlo), nada de gringas ni de esas niñas lindas que me gusta ir a ver los viernes a la salida del Colegio Menor.

Por suerte me llevé el libro  “Portrait of a Nation: Culture and Progress in Ecuador”, que es la nueva versión en inglés de “Las Costumbres de los Ecuatorianos”, del Dr. Osvaldo Hurtado, mi jefe en Cordes.  Como ya se habrán dado cuenta, en inglés el libro suena todavía mejor de lo que es en español. Estaba casi al nivel de “Making Democracy Work”, de Robert Putnam o “Trust”, de Francis Fukuyama, con los que el libro de mi doctor Hurtado comparte las mismas ideas.  Comienzo a sospechar que, en español, Putnam o Fukuyama no han de ser tan impresionantes. Quizás deberíamos hacer como en Singapur, ese paraíso de los liberales, donde el gobierno hace esfuerzos denodados por eliminar el singlish y obligar a la gente a hablar verdadero inglés, que es un idioma superior.

El libro me consoló hasta que vi de espaldas a una chica que parecía ser Gabriela Calderón. Antes de que digan algo, les advierto que Gabriela Calderón es mi fantasía erótica. Es perfecta: morena, joven, guapa, petite, inteligente y libertaria. ¿Puede haber algo mejor?  Siempre he soñado en que mi fama como ingeniero en sistemas para Cordes trascienda en el mundo liberal y me lleve a ser contratado por el Cato, y en esas oficinas  me encuentro con Gabriela y hablamos, mirándonos a los ojos, sobre James M. Buchanan a orillas del río Potomac.

Sí, ya sé que Gabriela es casada: el día en que empezó a firmar sus columnas de El Universo como Gabriela Calderón DE BURGOS, fue uno de los peores de mi vida, solo comparable con el 15 de enero del 2007.

En todo caso, fue solo una ilusión: no era Gabriela Calderón, sino otra muchacha simpática y parecida a ella. “Peor es nada”, pensé, y traté de hacerle conversación. Mirando el inmenso océano azul le dije: “¿Sabías que, según el teorema de Coase, si privatizáramos el mar impediríamos su contaminación y la extinción de cientos de especies marinas”? (A mí con las mujeres me gusta aclarar, de entrada, que solo valen las conversaciones inteligentes). Parece que la chica no era muy inteligente, porque me miró como si yo fuera Marx y se fue corriendo. Más tarde le vi coqueteando con un greñudo puerco de por ahí y me dije: “He ahí una futura asambleísta de Alianza País”.

En todo caso, en cuestión mujeres, no fue un viaje muy provechoso. Espero que algún día, con más Decamerons, empiecen a venir europeas, gringas o, por lo menos, colombianas. Claro que al paso que vamos no van a abrir más Decamerons (aunque, viendo el lado positivo de la Revolución Ciudadana, podrían venir venezolanas o cubanas – las bolivianas que vengan de empleadas,  no, mentira).

Bueno, así fue mi viaje a Mompiche, entre las costumbres de los ecuatorianos y una Gabriela Calderón socialista. Pero fue un descanso merecido. Hasta la vista,

JuanBer

Creando vagos

Quienes dicen que Correa es pura boca son unos ignorantes. En realidad, sus actos tienen efectos reales en nuestra vida diaria. En mi caso, por ejemplo, me ha obligado a levantarme una hora más temprano desde que la infeliz de la Perol se fue.

La alzada quería que le paguemos el sueldo mínimo, que le afiliemos al IESS y que le paguemos extra por trabajar los sábados y los domingos. ¿Quién le metió esas ideas socialistas en la cabeza? Pues nada más y nada menos que su cuñada, que es miembro de uno de los comités revolucionarios de Correa.

De nada sirvió explicarle que con esos aumentos salariales el desempleo aumentará; que debería agradecer por la suerte de tener un trabajo en un país tan pobre; y hasta tuve que rebajarme a citar eso de la Biblia (la ignorante es evangélica) de que “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Al final tuve que ponerme duro – es la única forma de tratar con esta gente – y decirle que bueno, que nos ponemos modernos, que le pago los 240 y le afilio al IESS y le pago los décimos y le doy vacaciones los domingos, pero que ya no puede desayunar ni almorzar ni cenar en mi casa, y que su guagua tampoco puede venir a estar viendo tele todos los días hasta las ocho de la noche, y que si se enferma no le voy a llevar yo en mi Vitara al Eugenio Espejo, sino que ella se va a tener que ir solita a pedir turno al hospital del Seguro, a ver si de algo le sirven los aportes.

Como respuesta, la desgraciada se fue. Claro, como ahora les subieron 5 dólares a su maldito bono, ya no les importa trabajar o no trabajar.

Estoy seguro de que ahorita ya anda metida en alguno de esos comités. No me extrañaría que se quisiera vengar de mí, la desgraciada. Seguro que cuando pase aquí lo de Venezuela, ha de querer quitarnos el departamento. Por lo pronto, tuve que instalar una alarma (mi mamita dice que ya no puede dormir), y como los ineficientes de la empresa la pusieron mal, empezó a sonar a las dos de la mañana. Imagínense, toda la República del Salvador queriendo matarme. ¿Y por culpa de quién? No, no de la Perol, sino de Rafael Correa y su malévola manía de incitar al odio de clases.

Como comprenderán, empecé mal el día. Solo Bernardo Abad en el noticiero del canal 4 me pudo levantar el ánimo. Ojalá que la libertad de prensa triunfe y no cierren el lindo canal. Hasta la próxima,

Juanber



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