Con Gabriela Calderón en Mompiche

Aproveché mi semana de vacaciones en la ofi para tomarme un descanso, y qué mejor sitio para alguien como yo que el nuevo hotel all inclusive de Mompiche. No se imaginan el nivel del lugar. No le pide favor a ningún resort que yo conozca (y me he bebido varios: Panamá, Santa Marta, Cartagena, Jamaica, Aruba, Punta Cana…).

De inmediato uno se maravilla una vez más por el progreso que trae la empresa privada, sobre todo si lo compara con todo lo estatal que uno está obligado a usar en el viaje. Desde Tame, con sus aviones nuevos gracias a una garantía estatal (y con una atención en los counters que parece que uno estuviera sacando la cédula), hasta el aeropuerto, viejo y feo a pesar de haber sido recientemente remodelado, pasando por el puente de Esmeraldas que ya va atrasado un año…

El punto es que mi maleta no llegó en el avión y perdí toda mi ropa. Ya saben, me gusta vestirme bien (¿qué tiene de malo eso?) y tenía divididos mis atuendos por marcas: lunes Lacoste, martes Polo, miércoles Tommy, jueves American Eagle y viernes Nautica.

Como el hotel era todo incluido, no llevé efectivo ni para las colas, así que con lo poco que pude sacar del banco (no porque me falte plata en las cuentas, sino porque los cajeros dan menos plata en Esmeraldas), me tuve que comprar esos shorts de flores ridículos que venden en Tonsupa y esas camisetas de algodón que seguramente no usan ni los chinos que las producen.

Por suerte, en la maleta de mano llevaba mis nuevas Ray Ban y mis Speedos , así que por lo menos pude meterme al mar con estilo (como atestiguaban las miradas asombradas de las damas en el resort).

Al llegar, fue un poco decepcionante ver la clase de gente que estaba en el hotel. Ingenuo yo, esperaba ver gente de cierto nivel, como en la ofi, pero las personas que fueron eran así no más (y no es que sea racista ni clasista – ningún liberal puede serlo), nada de gringas ni de esas niñas lindas que me gusta ir a ver los viernes a la salida del Colegio Menor.

Por suerte me llevé el libro  “Portrait of a Nation: Culture and Progress in Ecuador”, que es la nueva versión en inglés de “Las Costumbres de los Ecuatorianos”, del Dr. Osvaldo Hurtado, mi jefe en Cordes.  Como ya se habrán dado cuenta, en inglés el libro suena todavía mejor de lo que es en español. Estaba casi al nivel de “Making Democracy Work”, de Robert Putnam o “Trust”, de Francis Fukuyama, con los que el libro de mi doctor Hurtado comparte las mismas ideas.  Comienzo a sospechar que, en español, Putnam o Fukuyama no han de ser tan impresionantes. Quizás deberíamos hacer como en Singapur, ese paraíso de los liberales, donde el gobierno hace esfuerzos denodados por eliminar el singlish y obligar a la gente a hablar verdadero inglés, que es un idioma superior.

El libro me consoló hasta que vi de espaldas a una chica que parecía ser Gabriela Calderón. Antes de que digan algo, les advierto que Gabriela Calderón es mi fantasía erótica. Es perfecta: morena, joven, guapa, petite, inteligente y libertaria. ¿Puede haber algo mejor?  Siempre he soñado en que mi fama como ingeniero en sistemas para Cordes trascienda en el mundo liberal y me lleve a ser contratado por el Cato, y en esas oficinas  me encuentro con Gabriela y hablamos, mirándonos a los ojos, sobre James M. Buchanan a orillas del río Potomac.

Sí, ya sé que Gabriela es casada: el día en que empezó a firmar sus columnas de El Universo como Gabriela Calderón DE BURGOS, fue uno de los peores de mi vida, solo comparable con el 15 de enero del 2007.

En todo caso, fue solo una ilusión: no era Gabriela Calderón, sino otra muchacha simpática y parecida a ella. “Peor es nada”, pensé, y traté de hacerle conversación. Mirando el inmenso océano azul le dije: “¿Sabías que, según el teorema de Coase, si privatizáramos el mar impediríamos su contaminación y la extinción de cientos de especies marinas”? (A mí con las mujeres me gusta aclarar, de entrada, que solo valen las conversaciones inteligentes). Parece que la chica no era muy inteligente, porque me miró como si yo fuera Marx y se fue corriendo. Más tarde le vi coqueteando con un greñudo puerco de por ahí y me dije: “He ahí una futura asambleísta de Alianza País”.

En todo caso, en cuestión mujeres, no fue un viaje muy provechoso. Espero que algún día, con más Decamerons, empiecen a venir europeas, gringas o, por lo menos, colombianas. Claro que al paso que vamos no van a abrir más Decamerons (aunque, viendo el lado positivo de la Revolución Ciudadana, podrían venir venezolanas o cubanas – las bolivianas que vengan de empleadas,  no, mentira).

Bueno, así fue mi viaje a Mompiche, entre las costumbres de los ecuatorianos y una Gabriela Calderón socialista. Pero fue un descanso merecido. Hasta la vista,

JuanBer

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