Ser un liberal clásico no siempre es fácil. Aunque uno tiene la seguridad de contar con un sistema de pensamiento que permite explicarlo todo sin tener que pensar, también está obligado a mantener una coherencia indestructible entre su ideología y sus actos. Esto puede ser bastante fácil en el campo de la economía o de la política, pero es más difícil en el campo del amor, como comprobé durante mis experiencias nocturnas de esta semana.
Déjenme decirles que mi amor más memorable fue, aunque ustedes no lo crean, una muchacha cubana muy hermosa, llamada Arelis, que un día de octubre llegó a mi aula en el Ecuatoriano-Suizo, cuando yo estaba en sexto curso. Era hija de un refugiado cubano del infame régimen castrista.
Nos enamoramos enseguida, y nuestro amor floreció bajo las lluvias de octubre. Yo en esa época todavía no era libertario (el sistema educativo socialista no lo permitía), y también, como todo adolescente, era bastante celoso. Y la muchacha me daba bastante trabajo en ese aspecto.
Sin embargo, un día descubrí una frase muy interesante: “Si tienes un amor, déjalo partir; si vuelve a ti, es tuyo; si no, es que nunca lo fue”. Me pareció tan elegante, tan libre, tan superior, que decidí usarla como guía para mi relación.
Así que me reuní con Arelis y le dije: “Arelis, eres libre, yo adopto desde ahora una política de no intervención en nuestro amor”. Ella me sonrió con mucha dulzura, y me dijo: “Fue por la libertad que yo salí de Cuba”. Lloramos los dos.
Entonces comenzamos a vivir lo que ahora yo comprendo que fue un amor para la historia. Ella estaba conmigo los martes y los jueves, y andaba con otros dos tipos los lunes, miércoles y viernes. Los sábados se iba sola al No Bar y los domingos descansaba.
Al principio, lo acepto, me dieron celos (sobre todo cuando los compañeros me obligaron a ponerme un sombrero de vikingo), pero luego, durante mis primeros años en la universidad, conocí la bellísima ciencia económica y comprendí que mi actitud era un homenaje a las mejores mentes de la historia. Pensé: en realidad nada es más importante que la libertad. Ella es libre y yo también. Mi oferta satisface su demanda dos días a la semana, pero no tengo derecho a ejercer un monopolio sobre ella; es ineficiente. Lo justo es que ella sea capaz de segmentar los mercados de acuerdo a sus necesidades. Si intervengo, será lo peor para todos: yo perderé al no estar con ella; ella perderá al no estar conmigo. Mi ancestro Von Hayek estaría orgulloso de mí.
No todo fue color de rosas. Su agitado ritmo de vida la llevó a malas compañías, y mi querida Arelis se metió en alcohol y drogas. Fiel a mi filosofía, me abstuve de intervenir: el ser humano es libre de tomar malas decisiones, y seguramente ella tendría que tocar fondo antes de recuperarse. Supe que sus padres la echaron de la casa. Yo no pude ayudarla porque mi mamacita se hubiera muerto si le traía al depar a una cubana drogadicta y medio mulata, y comprobé los efectos perniciosos de los bonos de desarrollo humano cuando le entregué un poco de plata y ella se la gastó en sus vicios. Luego la perdí de vista. No sé si volvió a Cuba o qué pasó con ella.
Pero bueno, volviendo a la realidad: el viernes pasado, saliendo de un arduo día de trabajo en Cordes, nos fuimos con algunos a tomar unos tragos (no los voy a nombrar para evitarme demandas, pero sí les puedo decir que la nueva barba al estilo del Dr. Hurtado es un imán para atraer mujeres).
Una cosa llevó a la otra y lo cierto es que terminamos en el Éxtasis, ese legendario antro de perdición que, gracias a la competencia perfecta, cada vez ofrece un mejor servicio al cliente (No me vengan con puritaneces: el mercado del sexo, mientras sea legal y mientras quienes operan en él lo hagan libremente, es como cualquier otro).
Ahí estuvimos. Yo andaba entretenido con una joven a la que tuve que pedirle la cédula para comprobar que era mayor de edad (la cédula, por lo menos, decía que sí), mientras los otros andaban embelesados con unas chicas cubanas que han venido a enriquecer nuestro capital humano gracias a la política de apertura de fronteras de nuestra Revolución. Pero de pronto, en un rincón, observé a una mujer que me dejó sin aliento. Era el mismo pelo negro crespo, la misma piel canela, el mismo cuello de cisne. ¡Increíble! ¿Aquí en el Éxtasis?
“¿Arelis?”, le pregunté. Se dio la vuelta, me miró un largo rato, y negó con la cabeza: “No, me llamo Joanna, papito, pero si quieres me cambio de nombre”, dijo con una falsa sonrisa, pero yo estoy seguro de que sus ojos me reconocieron.
Ahora ya en la sobriedad no puedo asegurar que era ella, pero en ese momento estuve convencido de que sí. Se la veía bien, estaba alegre, y yo sé que las chicas del Éxtasis ganan mucho mejor que yo. Y además, incluso si yo hubiera intervenido en esos tiempos, nada me puede asegurar que las cosas hubieran salido mejor. Al contrario, la historia demuestra que cualquier interferencia es, a largo plazo, perniciosa.
En todo caso, no dormí muy bien el fin de semana. Espero estar de mejor humor para la próxima.
Hasta la vista,
JuanBer
0 Respuestas a “Laissez faire en el amor”