Marchando

Qué semana tan maravillosa! El jueves pasado marchamos en Guayaquil,  el sábado marché en la Mariscal, y hoy marcho en la Shyris. Las dos marchas pasadas, se los aseguro, fueron absolutamente orgásmicas, para qué les voy a mentir, y espero que la de esta tarde sea igual de buena, aunque Carlos Vera no me termina de convencer. Pero, como siempre, vamos por partes.

La experiencia celeste y blanco fue excepcional. Gracias a la generosidad de Cordes, que me dejó faltar el jueves, y a que el Ildis no me ha llamado últimamente, enfilé hacia Guayaquil para expresar mi repudio contra la dictadura. Pude haber ido en la SportTrac, pero la ola delincuencial me hizo cambiar de idea, así que me fui no más en Reina del Camino. No me avergüenza decirlo: no tengo plata para pagar pasaje de avión porque estoy endeudado con la SportTrac, así que aproveché para estar en contacto con la pipol, lo cual algún día me servirá en mi carrera política, así como a Correa le sirvió pasarse un año con los indios en Zumbahua (o Sumbawua, como escribirían los indios si supieran escribir, no, mentira).

Tras las ocho horas de rigor, estuve por fin en la Magia del Pacífico Sur. El ambiente era festivo, como de carnaval, y me pasé la mañana admirando el gran cambio que ha logrado Nebot con la regeneración urbana. Antes Guayaquil era una pocilga, una cloaca, un burdel, un basurero, una alcantarilla, una Calcuta, un infierno, un purgatorio, una letrina, una aldea, un pueblo, una invasión, un relleno sanitario, y ahora uno hasta puede caminar más o menos tranquilo mirando el espectáculo del río Guayas en el hermoso Malecón que pagaron nuestros impuestos descentralizados. Qué horizonte tan grande, qué cielo tan enorme, que árboles tan frondosos, qué adolescentes tan desarrolladas… Estoy seguro de que el paisaje es una causa principal para que los guayaquileños sean tan libres y nosotros los quiteños tan esclavos.

Pero bueno. Como llegué pronto me gané un buen puesto en la marcha, y puedo decirles orgullosamente que desfilé con la flor y nata del Puerto Principal. ¡Con razón quieren independizarse! Sin duda pertenecen a otra raza, son todos altos, de aspecto europeo-mediterráneo, de andar erguido, de mirada serena… ¿Cómo es que llegaron los longos serranos (no todos, claro, pero sí la mayoría) a ser parte del mismo país de esa gente tan hermosa?

No voy a decir que el discurso de Nebot me encantó. A todo libertario las personalidades masculinas fuertes nos dan un poco de escalofrío (por rechazo al autoritarismo, al despotismo, al totalitarismo), pero el señor no hay duda de que tiene energía, y en estas circunstancias es sin duda la mejor opción para enfrentar al dictador.

Pero tampoco escuché mucho el discurso, porque un rato me distraje y miré hacia el horizonte y vi, en persona, a Gabriela Calderón (de Burgos) escuchando atenta las palabras de Nebot. Una oportunidad así no pasa todos los días, así que me moví entre la multitud para acercarme a Gabriela. Pisé a un par de señoras de la high, a las que les dije “con perdón, damas”, y me insultaron unos cuantos caballeros porteños, pero por fin logré mi cometido.

Estaba a un paso de ponerme a su lado y de presentarme ante ella con voz de caballero Jedi que lucha contra el imperio galáctico (“Gabriela, mucho gusto, que el mercado te acompañe”, si cachan, ¿no? Está basado en Star Wars, “que la fuerza te acompañe”), cuando de pronto sonó un gigantesco “¡Carajo!” que me dejó tieso.

El carajazo era de Nebot, que estaba en el punto más alto de su discurso. La gente se emocionó y empezó a saltar y gritar (como monos mismo, no, mentira), y entonces Nebot bajó de la tarima y todo se volvió una locura. Al final terminé aplaudiendo a unos esmeraldeños que bailaban algo con marimbas. ¿Y Gabriela Calderón? Desapareció como si solo hubiera sido un fantasma de mi imaginación.

Volví un poco triste por la oportunidad perdida, pero contento por haber sido parte de esta marcha, que estoy seguro cambiará la historia. Llegué el viernes de madrugada a Quito y fui a trabajar sin dormir a Cordes. ¿Creerán que nadie me preguntó cómo me fue, a mí, el único de ellos que estuvo en Guayaquil? Pero eso sí, primeritos han de opinar sobre lo que pasó…

El punto es que el sábado, después de mis clases de salsa, me fui a matar mis penas al Bungalow, y me encontré con la morenita comunista del Ildis. ¿Se acuerdan, esa medio intelectual que me gustó la vez que fui a arreglar las compus a los comunistas?  Bueno, la chica me vio, me sonrió, me dijo hola Juanfer  con un delicioso aliento a alcohol, se me acercó, comenzamos a bailar pegaditos, una cosa llevó a la otra y al final solo mi SportTrac pudo escuchar cómo Juan Bernardo Guarderas-Hayek, en pleno éxtasis, gritaba ¡viva Fidel! ¡Viva el Che Guevara!, pero por la mejor de las causas.

Como dicen por ahí, París bien vale una misa, y esta señorita socialista bien valió unas cuantas blasfemias, que Von Mises me perdone. Haber marchado con ella fue un gran consuelo, aunque mi corazón siempre pertenecerá solo a una mujer. No creo que Gabriela Calderón (de Burgos) se venga hoy a la marcha de Carlos Vera (me late que a la marcha van a ir los cuatro pelagatos de siempre), pero en todo caso ahí estaré por si acaso.

Ah cierto, mi blog sigue vivo: www.peluchiro.wordpress.com, aunque estos noveleros de ecuadorinsensato.com han cambiado el formato y ahora no se entiende nada. (¿Por qué no me habrán contratado a mí para mejorarles la página web?)

Bueno, con una gran sonrisa, me despido. Hasta la vista (hijue, casi pongo “hasta la victoria siempre”, por la emoción).

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